Por: Sabrina Mooney
Había una vez, en un país no tan lejano, una joven de clase media con un intrigante -pero no menor- ataque de pánico. Este episodio solía suceder entre los días primero y décimo del mes, yuxtaponiéndose con la llegada de la inmensa cantidad de cuentas a pagar, gentileza de las diversas tarjetas de crédito que tanto la hacían feliz. Sus hadas madrinas de plástico, si se les quiere dar un apodo apropiado. Pero eso es generalizar demasiado. En ese preciso instante, todas las bondades otorgadas por aquellas pseudo-amigas venían a cobrar. Y venían en cuotas, con intereses del 10 por ciento."¡Oh, la tragedia de pagar! ¿Por qué Dios, en su inmensa misericordia que tanto pregona, me hace pecar tanto en las tiendas departamentales?", dijo la chica mientras el sudor caía por sus largos cabellos color mayonesa (correctamente decolorados por un profesional certificado), mientras sus dedos desaparecían entre los botones de la calculadora. "¿Por qué esta pena? ¿Dónde está mi príncipe azul para salvarme en estos momentos de perdición?", se cuestionó.Y con tan sólo encender el televisor, tuvo la respuesta: CONTRAYENDO MATRIMONIO CON KATE MIDDELTON. "Bueno, -se confortó- al menos todavía me queda Harry"...



